sábado, 4 de noviembre de 2017

Mi barajita de Gonzalo López Silvero [1930-2015]

Mi barajita de Gonzalo López Silvero [1930-2015] y ‘Así se juega el Béisbol’; por Mari Montes 11 de marzo, 2015 Siempre digo que debería ser un derecho de todo fanático del béisbol ir por lo menos una vez en la vida al Spring Training. Son unos días estupendos: se puede ver béisbol desde que amanece hasta bien entrada la noche. Los jugadores están sin la presión de ganar y poniendo a tono sus cuerpos, se reencuentran con el equipo, tienen más tiempo y más ánimo que en la temporada regular para atender a los fanáticos. Son días esplendorosos. Desde muy niña soñaba con esos campos que veía en el programa de televisión Así se juega el Béisbol, que conducía Gonzálo López Silvero. Los niños de mi generación crecimos escuchándolo y viéndolo, en las narraciones del béisbol, en el boxeo, en los mundiales de fútbol, en los juegos olímpicos, en el Miss Universo, en el Miss Mundo y hasta en la entrega de los Premios Oscar. Por ser perfectamente bilingüe, además de un hombre culto y con sentido del humor, era requerido para todos esos programas por Venevisión. Con su acento cubano escuchamos de los doble plays de David Concepción, Joe Morgan y Tany Pérez, los jonrones de Antonio Armas y Baudilio Díaz, la perfección de Nadia Comanecci, los goles de Franz Beckenbauer, la rabietas de John McEnroe, la Medalla de Rafael Vidal en las Olimpíadas de Los Ángeles. Recuerdo especialemente que al hablar antillano se le impuso su amor por Venezuela en aquella narración emocionada y emocionante. Su fuerte, por supuesto, eran los deportes. Tenía un resumen dominical llamado Deportivas Venevisión que tenía de todo. Y otro que hoy sería visto como un reality-show llamado La supervivencia de los más aptos, donde unos tipos eran sometidos a competencias en las que tenían que nadar, montar bicicleta, trepar árboles, descender por barrancos a rapel o bajar por un caudaloso río en un kayak, Aún así es imposible olvidarlo como la voz que dió cuenta del triunfo de Maritza Sayalero, Irene Sáez y Pilín León, o cuando dijo, por ejemplo: “Y el ganador es… ¡Robert De Niro, por Toro Salvaje!”. Gonzalo formaba parte de nuestras vidas tanto como el televisor. Además, también estaba en la radio, durante la temporada de acá, con su gran llave Delio Amado León. Su programa de los sábados, Así se juega el Béisbol, duraba media hora. En esos treinta minutos Gonzalo entrevistaba un pelotero y luego lo ponía a dar una “clínica”. Es decir: lo hacía explicar, bate o guante en mano, cómo era su mecánica de juego. Y coincidirán conmigo muchos de quienes lean esto que entre los más inolvidables programas estuvo el que hizo con Baudilio Díaz. Si algo destacaba en los comentarios de Gonzalo era su respeto por el béisbol, por sus jugadores, técnicos y seguidores. Fue catcher y mánager, así que tenía esa visión de la estrategia del juego. Aunque su profesión, o mejor dicho, su título universitario era de abogado, Gonzalo estuvo muy vinculado al béisbol en Cuba antes de la Revolución. Conocía el béisbol desde adentro, especulaba sobre la base de su experiencia. No hablaba pistoladas. Lo conocí personalmente cuando trabajé en Omnivisión, porque él se encargó del Departamento de Deportes de ese canal, el primero por suscripción que hubo en Venezuela. Una mañana le hablé en la cafetería de cuánto lo admiraba y le dije que me gustaba mucho el béisbol. Seguimos conversando y al final me dijo: “¡No te cohibas porque eres una mujer! Que si de verdad sabes, te vas a ganar el respeto de la gente”. Siempre le agradeceré el consejo. Al poco tiempo se fue a vivir a Miami y volvimos a vernos durante la filmación de la película de Andrés Galarraga. César Miguel Rondón decidió que Gonzalo debía ser el gran narrador de nuestra película. Gonzalo podía hablar sobre la trayectoria de Andrés Galarraga desde que apareció en la pelota profesional, pasando por cómo triunfó en las Mayores, hasta lo importante que fue escuchar a Don Baylor. Y también habló del béisbol como modo de vida. Explicó con mucha franqueza lo que es la vida de un pelotero, dentro y fuera de las rayas de cal. Dio una lección de vida vista desde el béisbol. Desde entonces nos comunicamos de vez en cuando. Aunque vivía en Miami no se devinculó de Venezuela, país al que quiso mucho y extrañaba, según me dijo siempre. El anecdotario de Gonzalo es tan extenso como puede uno imaginar. Tiene cuentos con boxeadores, porque incluso ha sido juez de peleas importantísimas en Las Vegas, Nueva York, Japón, donde sea. Tiene historias con Don King, el polémico promotor de boxeo. De los Mundiales de Fútbol. Por ejemplo: fue amigo de Alfredo di Stefano, nada menos que “La Saeta Rubia”. Y dee no sé cuántos Juegos Olímpicos o Series Mundiales, de sus viajes en motor-home por Arizona y Florida, cubriendo el Spring Training. De sus años como catcher en la Universidad de la Habana. Además también fue muy amigo de mi esposo, Daniel, quien lo conoció trabajando en Venevisión, hace un montón de años y quien lo siente, igual que yo, como un mentor, un consejero único, para hablar, en mi caso de béisbol, en el de Dany de televisión y, en el de los dos, de la vida.

Melvin: un Oriol que voló hasta el Olimpo;

Melvin: un Oriol que voló hasta el Olimpo; por Mari Montes 19 de agosto, 2015 Hubo un momento en la ceremonia en que me vino a la mente aquella atrapada: ésa, la célebre jugada con la que Melvin Mora apareció como un espectro, cuando ya la pelota iba a picar imparable, para atraparla de cabeza, asegurar el out y después de una vuelta hacer un gesto que pareció más bien una sentencia. Hoy dirían que “se perreó el out”. El bateador era Omar Vizquel y después de eso todo fue como si en la zambullida hubiesen quedado afeitadas las melenas de los todos los Leones. Fue inolvidable la narración de Gonzalo López Silvero, que pude oír después porque yo estaba en el estadio viendo la final, como fanática. ¿Qué iba imaginarme yo, aquella fatídica noche, que iba estar en la ceremonia de inducción de ese verdugo al Salón de la Fama de los Orioles de Baltimore, el otro equipo de mis amores? Con el paso del tiempo, ya trabajando en el béisbol, entrevisté muchas veces a Melvin Mora y anuncié sus turnos al bate con sobriedad, con respeto, como debe ser, siempre esperando que diera una tabla. Le encantaba debutar en los Magallanes-Caracas en el Estadio Universitario. Pasaba el tiempo de febrero a octubre y Melvin Mora no hacía el grado con los Astros, así que decidió irse a Taiwán. Parecía que nunca llegaría a las Mayores, pero de octubre a enero se lucía con el Magallanes. Era una estrella en nuestra liga. De los muchachos de Andrés Reiner, Melvin no tenía eso que llaman “estampa de pelotero”. Siempre tuvo buen tamaño, pero delgado, rápido, hábil, joseador y disciplinado, digno representante del béisbol caribe… pero no era Richard Hidalgo, por ejemplo. Pero Melvin Mora no estaba de salida porque jugaba en Taipéi. No: él tomó esa decisión porque no subía y necesitaba dinero, pero con la firme convicción de que llegaría a las Grandes Ligas. Taiwán era una vuelta larga, pero eso lo no lo detuvo. Cuando regresó, se uniformó con el Magallanes y un día su amigo Edgardo Alfonso le comentó que el coach de los Mets, Cookie Rojas, iría a Valencia a prepararlo porque iba a cambiar de posición ante la llegada de Robin Ventura. Melvin le dijo a Edgardo que él le iba a batear los rollings y al día siguiente se presentó en el José Bernardo Pérez y, según nos contó el técnico cubano, “hizo de todo, se lució, hizo un try out sin avisar”. Rojas llamó a los Mets y les dijo que tenían que invitarlo a los entrenamientos de primavera en Port Saint Lucie y así fue como Melvin Mora comenzó su entrada al béisbol de Grandes Ligas. En primavera decidió juegos con batazos, se lució a la defensa, pero no hizo el equipo grande. Ya los Mets estaban diseñados y Melvin no tenía puesto ahí, pero Bobby Valentine vio de lo que era capaz y como le dijo Cookie Rojas a Rubén Mijares y a esta servidora: “Va a subir y se va a quedar. Y si no es así, yo me voy a ir a Triple A con él”. Recuerdo que le pregunté, faltando una semana para el último corte, “¿Qué te dice Valentine, Melvin?” y me respondió sin pensarlo: “Nada. Yo no quiero ni que me vea”. Era su temor a que lo bajaran… otra vez. El 30 de mayo de 1999 fue llamado a Nueva York y de ahí en adelante la historia es conocida: fue una bujía en los Mets, en los play off protagonizó un doble robo inolvidable con Roger Cedeño y después anotó con un piconazo que le tiró John Rocker a Mike Piazza. La predicción de Cookie Rojas comenzaba a cumplirse: el muchacho de Agua Negra, estado Yaracuy, iniciaba su carrera en el mejor béisbol del mundo. Al año siguiente jugó con los Mets y fue cuando ocurrió el cambio a los Orioles, el equipo donde brilló durante diez temporadas, tanto como para convertirse en uno de los mejores utilitis y antesalistas de su historia, con números que lo llevaron al Salón de la Fama de la divisa: un inmortal de Baltimore. Jugó con los Rockies y los D’Backs un par de temporadas mas y se retiró a ocuparse de su extensa familia. El 28 de julio de 2001, su esposa Gisel tuvo quintillizos y los Mora se convirtieron en 8, con Tatiana, la mayor, que ya tenía 4 años cuando nacieron los celebrados bebés Génesis, Jada, Rebecca, Mathew y Christian. Su mánager de entonces, Mike Hardgrove, confesó que tuvo temor de que la situación de los bebés prematuros desconcentrara a Melvin, pero él cuenta entre risas que se paraba en home pensando en chocar la pelota porque tenía que mantener a una numerosa familia. Con los Orioles fue al Juego de las Estrellas, hizo un triple-play un día que jugó el short-stop por Cal Ripken con un batazo de Omar Vizquel (otra vez), se ganó la titularidad en tercera base, luego de jugar campocorto y en los jardines. Y también se ganó a la afición de Baltimore, que no se cansa de manifestarle afecto y admiración. Eso es lo que se ve cuando Melvin camina por la calle, lo reconocen y le piden un autógrafo o un tomarse una selfie. El día antes de la ceremonia estaba nervioso, ansioso, hablador. Firmó unas cien pelotas y se hizo unas quinientas fotografías para obsequiar en la inducción. Y a las once de la mañana en punto del viernes 14 de agosto de 2015 comenzó el acto en un salón del edificio de oficinas del Oriole Park at Camden Yards, en una sobria decoración blanca y naranja oriol. Fue servido un delicioso almuerzo mientras John Lowenstein (ausente por lesión), Gary Roniecke y Melvin Mora eran presentados formalmente por Rick Young como nuevos miembros del Olimpo oropéndola. Vinieron los discursos. Melvin comenzó dando las gracias. Se suponía que leería unas palabras que llevaba escritas y que había repasado muchas veces, pero comenzó contando la anécdota de un día que se fue a hacer mercado con Richard Hidalgo, en Kissimmee, y como no hablaban inglés pensaron que todo lo que decía “99 off” costaba 99 centavos y llenaron el carrito de cosas y a la hora de pagar no tenían dinero suficiente. Parecía un standopero, la audiencia se rió mucho con el cuento y a Melvin se le olvidó seguir leyendo, pero no agradecer de nuevo a Gisele y a los niños y entonces se quebró. Estaba muy emocionado y al ver a su hija Rebecca, con los ojos llenos de lágrimas, tuvo que parar unos segundos… pero siguió para reconocer el apoyo de la afición, los periodistas y personalidades que lo llevaron al Salón de la Fama de los Orioles. Pasaron unas pocas horas para ir al terreno, donde ocurriría la ceremonia ante los fanáticos, para ponerle la chaqueta verde que distingue a los oropéndolas inmortales. Estaban presentes Al Bumbry, Rick Dempsey, Tipy Martínez y Denis Martínez y la directiva del Salón de la Fama y del equipo. Primero salió Gary Roenicke y luego Melvin Mora, caminaron desde el club-house de los Orioles hasta el montículo por una alfombra anaranjada en medio de aplausos. ARTICULO_mari_montes_melvin_mora_19082015_640c Fotografía de Latinopinionbaltimore.com. Haga click en la imagen para ver en tamaño completo Melvin llevaba el discurso escrito en la chaqueta del traje, pero antes le impusieron la chaqueta verde y las palabras se quedaron en el bolsillo. La verdad es que él quería hablar desde su corazón y así lo hizo. Recordó su infancia en su pequeño pueblo de Yaracuy y sus sueños. Siguió dando gracias a la familia, al béisbol, a los Orioles y los fanáticos, a Eddie Murray y a Cal Ripken Jr., para terminar con un mensaje al mánager Buck Showalter: “Gracias por hacer de los Orioles un equipo ganador, porque yo quiero mucho a los Orioles”. ARTICULO_mari_montes_melvin_mora_19082015_640a Fotografía de Latinopinionbaltimore.com. Haga click en la imagen para ver en tamaño completo El pitcheo inicial lo recibió Gerardo Parra, quien luego se fue de 4-2 y en la serie descosió la pelota. Su amigo Adam Jones quiso homenajearlo y en sus dos primeros turnos pidió llegar al plato al son del “Carnaval”, de Celia Cruz. Esa noche el juego se prolongó durante 13 episodios y Manny Machado decidió con jonrón para dejar en el terreno a los Atléticos, que terminaron siendo barridos en los cuatro desafíos en el Camden. Vinieron los fuegos artificiales y sonó la primera estrofa de su canción favorita de la Guarachera de Cuba: ‘Todo aquél que piense que la vida es desigual tiene que saber que no es así que la vida es una hermosura y hay que vivirla” Y en eso anda Melvin, el nuevo inmortal de los Orioles.

Yogi Berra: el cátcher sin careta;

Yogi Berra: el cátcher sin careta; por Mari Montes 23 de septiembre, 2015 . Un 23 de septiembre, el primer día del otoño. Lawrence Peter Berra lo eligió para marcharse. Nació el 12 de mayo de 1925 en San Luís, Missouri, y creció en una barriada de inmigrantes italianos: The Hill. Aunque se le recuerda como receptor, una de sus grandes virtudes era la versatilidad. Podía defender también las esquinas y jugar en el jardín derecho o el izquierdo. Donde era necesario, ahí estaba Berra. Debutó con los Yankees de Nueva York en 1946 con 21 años. Y durante 18 temporadas fue uno de los yankees más célebres, aunque su último año como pelotero activo en las Grandes Ligas transcurrió con los Mets. En tres oportunidades ganó el premio al Jugador Más Valioso de la Liga Americana. A eso hay que sumarle que en dos votaciones alcanzó el segundo lugar y en una la tercera posición entre los mejores de la temporada. Fue invitado 15 veces al Juego de las Estrellas y tiene importantes récords de Serie Mundial: más juegos (75), más hits conectados (71) y líder en Series Mundiales ganadas con 10 de las 14 en las que participó. Además, fue el catcher en el único juego perfecto en Serie Mundial, en 1956, haciendo batería con Don Larsen. Era buen bateador. Se paraba a la zurda y sabía conectar bolas malas. De hecho, una vez le comentaron al respecto y soltó una de sus frases: “Si se pueden conectar, son bolas buenas”. Era un bateador tan difícil de ponchar que en 1950 recibió nada más 12 ponches en 656 turnos, lo que quiere decir que abanicaba una vez cada 50 veces. Le tocó vivir la época que de la post-guerra, cuando los jugadores de pelota eran considerados verdaderos héroes. Y él era uno. Fue firmado por los Yankees en 1942, pero no debutó hasta 1946 porque tuvo que servir a los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Sobre eso dijo una vez: “Yo estaba en la Armada, pero mi corazón estaba en el béisbol y con los Yankees”. El apodo lo consiguió cuando aún era un jovencito. Su amigo Jack Maguire, quien también era beisbolista y jugó un par de temporadas en las Grandes Ligas, le dijo que él se parecía a un fakir haciendo yoga, así que le llamó “Yogi”. Años más tarde, jugando para los Yankees, se supo el mote y hoy es como lo conoce el mundo entero. El sobrenombre de “Yogi” se hizo tan famoso que fue inspiración para William Hanna y Joseph Barbera cuando en 1958 crearon la comiquita del oso glotón del Parque Yellowstone: Yogie Bear por Yogi Berra. Fue coach de los Mets de Nueva York. También de los Yankees. Y con estos últimos ganó dos Series Mundiales (1977 y 1978), con lo que su fama de “amuleto de la buena suerte” con los del Bronx quedó más que consolidada. Veo que, después de todas estas líneas refiriéndome a la genialidad del pelotero Yogi Berra, es preciso decir que más allá de todo eso el legendario careta adquirió fama mundial por sus frases, hoy definidas como “yoguismos”. 30 frases memorables de Yogi Berra (1925-2015) 640X60 Algunos se burlan y dicen que más bien parecen disparates, verdades de Perogrullo, frases “obvias”. Y no pocos lo comparan con Cantinflas, algo que creo no debió molestar a Yogi. Hay montones de citas: unas que tienen que ver con el béisbol y otras reflejan su forma de ver la vida; otras igual de divertidas están relacionadas con su cotidianidad y su peculiar decir de los momentos vividos. ¡Cuánta generosidad hay en ésta que le dedicó a uno de los mejores lanzadores de la historia! “Comprendo por qué Sandy Koufax ganó 25 juegos en 1963. Lo que nunca me he explicado es cómo perdió cinco” La cita está esculpida en la placa de Koufax en Cooperstown. Cuando se le preguntó si Don Mattingly había superado las expectativas que despertó cuando llegó a los Yankees, respondió: “Yo diría que ha hecho más que eso”. Para referirse al béisbol, a su trabajo, dijo cosas como “¿Pensar? ¿Cómo diablos se puede pensar y batear al mismo tiempo?” o “Si no puedes imitar a un pelotero, no trates de copiarlo”. Frases como “En el béisbol todo ocurre de un momento a otro… y a veces antes” son completamente comprensible para los fanáticos de la pelota, quienes sabemos que algunos juegos se pierden antes de la voz de Play Ball! o en fracciones de segundo. Muchas de sus expresiones reflejaban su magnífico sentido del humor y la ironía. “Nadie va ya al Yankee Stadium, porque siempre está lleno” podría parecer un disparate, hasta que descubrimos cuánta gente no puede ir un juego en el Bronx porque no consigue entradas. O ésta, que tiene que ver con que la suerte siempre está con quien lo hace bien, tanto en el diamante como en la vida real: “Solía tener mejor suerte cuando bateaba mejor”. Hay humildad y sabiduría en otra frase que mucho recordamos: “Siempre pensé que el récord duraría hasta que alguien lo rompiera”. Es una cantidad enorme de palabras. Son decenas de citas que cada vez que alguien las compila nos ponen a pensar: “La mayor genialidad consiste en no decir nada cuando nada genial hay que decir”. Y, por supuesto, de todas la más repetida: “El juego no termina hasta que se termina”, una parte de su filosofía que trascendió al juego de béisbol. ¿Cuántas veces ha ocurrido que un juego que parecía ganado se perdió faltando un strike? Millares de juegos se han volteado luego de remontar diferencias que parecían imposibles. Todas la veces del mundo hay que esperar a que caiga el último out para cantar victoria. Es una frase cargada de optimismo: nunca hay que rendirse y siempre se puede venir de atrás. El peor momento puede cambiar en segundos y convertirse en la gran oportunidad para demostrar que con voluntad no hay imposibles, que no hay que entregarse antes de tiempo, que no puede decaer el ánimo ni en la situación más adversa… Otro dicho reza que “La esperanza es lo último que se pierde”, pero el del béisbol dicho por Yogi Berra es mejor. Algunos prefieren a Heidegger, a Nietzsche, a los Griegos. Otros a Los Beatles, a Winston Churchill o a Daniel Santos. A los beisboleros nos gusta citar a Yogi Berra porque así nos gusta ver las cosas: como aquella vez que le dijeron “Oye, Yogi, creo que perdimos” y respondió “Sí, ¡pero estamos gozando un mundo!” Vamos por la vida tratando de no quitarle la vista a la pelota, atentos porque “Uno puede observar muchas cosas sólo con mirar” o “Si no sabemos hacia dónde vamos, terminaremos en cualquier otro lugar”. A veces (muy pocas) cometemos errores que nos salen bien… o que al menos no cuestan tanto. De resto, decimos como él: “Cometí un error equivocado”. Y seguramente el amable lector sabrá a qué tipo de errores se refiere el catcher predilecto de Casey Stengel. A Yogi le fue bien con sus cosas, sí. Aunque una vez dijo: “En realidad nunca dije lo que dije”, pero ésa no se la creemos.

on Baylor, temible y amable; por Mari Montes 7 de agosto, 2017

on Baylor, temible y amable; por Mari Montes 7 de agosto, 2017 Don Baylor era sinónimo de poder y eso producía emociones según el lado del parque y la afición. Se esperaba que desapareciera la pelota y aumentara la distancia o volteara el juego. La mayoría que se sentaba sobre primera, lo deseaba y la mayoría sobre tercera lo temía, lo temíamos, incluso quienes lo recordamos “de oído”, de tantas historias para describir su estampa y fuerza en aquellos días. Si algo tenía aquel “Poder Negro” del cual formaba parte Baylor, era un apodo bien ganado, en todas sus etapas y con todo su elenco: Pat Kelly, Harold King, Clarence Gaston, Jim Holt, Jim Rice, Dave Parker y Mitchell Page, armados con sus bates, eran artilleros que amedrentaban con solo escuchar sus nombres. Eran tiempos en los que la pelota profesional venezolana contaba con jugadores que venían de brillar en las Mayores. No existían los jugosos contratos de ahora y el salario en la LVBP era atractivo, además del buen beisbol. Se supo también de él por el incidente en el que se lesionó Remigio Hermoso, consecuencia de una jugada, así que el nombre de Don Baylor nunca más nos fue extraño y al terminar su carrera como pelotero activo le vimos como coach, hasta que de nuevo se instaló en las noticias beisboleras de todos los días, cuando tomó el mando de los Rockies de Colorado, equipo de la reciente expansión que pronto ganó muchas simpatías con sus inolvidables “Bombarderos de la calle Blake”: Dante Bichette, Vinicio Castilla, Larry Walker y Andrés Galarraga. En 1992, el “Gran Gato” experimentó un slump estruendoso y preocupante, aquella temporada en San Luis parecía ser el fin. Una noche en Shea Stadium, Joe Torre, mánager de los Cardenales, sacó al Gato por un emergente. Según recordó Baylor en el documental Galarraga, beisbol, puro beisbol, coescrito por César Miguel Rondón y quien suscribe, Andrés se sirvió agua en un vaso y las manos le temblaban, afectado por lo sucedido. Al terminar el juego, en el pasillo, recuerda el “Muchacho de Chapellin”, Baylor le dijo que con sus condiciones solo había que trabajar y modificar un par de cosas, y le cambió la mecánica. Lo paró de frente al lanzador y le aconsejó una variación en el ajuste antes de conectarla y así fue como lo trajo de vuelta, porque los gatos tienen varias vidas. Andrés Galarraga, prácticamente en una sola pierna, luego de regresar de una lesión en la rodilla que casi lo deja fuera, logró el título de bateo en 1993, una temporada épica en la historia de ambos. Baylor se convirtió en el mánager que mas rápido condujo a un equipo de la expansión a playoff y Andrés, con .370 de promedio, fue mejor bateador que Tony Gwynn. A la vuelta de unas temporadas, Baylor y el Gato se fueron de Colorado para coincidir en Atlanta: Baylor como coach y Galarraga en su segundo año en los Bravos, pero el Gato fue diagnosticado de cáncer aquella primavera de 1999. Unas semanas después de la mala noticia sobre Andrés, y el anuncio de que perdería la temporada para someterse al tratamiento, encontramos a Don Baylor en Port Saint Lucie, en un juego de exhibición entre los Mets y los Bravos, que por cierto decidió Melvin Mora con HR en extrainning. Conversamos con Baylor en un grupo encabezado por Ruben Mijares y David Concepción, en el que también estaban, Francisco Blavia, Fiorella Perfetto, y los amigos Ubaldo Armas y Daibor Trujillo. Le pregunté a Baylor si le parecía conveniente que Andrés jugara pelota invernal y respondió: “Sería muy bueno para él y yo quisiera dirigirlo”. Sólo para confirmar, le insistí: “¿Quisiera dirigir a los Leones del Caracas?” Y me dijo que sí, resaltando el respeto que sentía por la afición melenuda cuando vistió el uniforme del Magallanes y el afecto por Venezuela y su gente. Tomamos sus contactos y más tarde transmitimos al gerente Oscar Prieto Párraga de lo sucedido; en efecto hicieron contacto y de aquel pacto que no pudo concretarse dio cuenta Humberto Acosta. A las semanas Baylor fue nombrado mánager de los Cubs y así terminó mi ilusión de verlo con la camisa de los Leones del Caracas. No pudo ser sino una anécdota de “La tarde que casi firmo a Don Baylor”. Vino a Venezuela a dirigir a los Bravos, contratado por Rubén Mijares, su gran amigo desde los días del legendario “Poder negro”. Hoy leemos que estuvo peleando varios turnos contra el cáncer, hasta que finalmente anotó su última carrera. Se le recordará siempre como le vimos, como lo recuerdan el Gran Gato, Henry Blanco, Eduardo Pérez y yo, aunque nunca he tomado un turno: como un temible slugger, un coach sabio, un mánager inspirador y un hombre generoso y amable, entrevistado de lujo, grato y enamorado de Venezuela. Ha sido un gusto temerle.

Felo, inmortal del Caribe; por Mari Montes 24 de agosto, 2017

Todos mis amigos magallaneros, que son muchos, recuerdan siempre que la última voz que escuchaban antes de quedarse dormidos, era la de Felo Ramírez. Lo escuchaban en sus pequeños radios transistores, en la mesa de noche o en la almohada, hasta que caía el último out, para quedarse oyendo los comentarios finales. Era mejor cuando la Nave estaba arriba en la pizarra y Felo Ramírez anunciaba: “¡ESTÁ GANANDO EL MAGALLANES!”. Era, según cuentan, una doble emoción que estuviera ganando el equipo y que lo narrara “Lo mejor del Caribe”. Bastaba cerrar los ojos para ver la pelota volando cuando Felo iniciaba la narración de la trayectoria: “La bola se va elevando, se va elevando… yyyyyyyy la bolaaaaaa seeeeeeee llevó la cerca”. El bateador daba la vuelta al cuadro y la audiencia podía verlo como si estuviese en el parque, era un mago capaz de transportarlos a su cabina, desde donde podía mirarlo todo. Los grandes nombres de los Navegantes hicieron jugadas espectaculares que Felo describía en su dimensión. Los niños caraquistas teníamos a Delio y los niños del Magallanes tenían a Felo. Honraba el juego cada vez que un hombre era puesto fuera, robaba una base o daba un buen batazo. No exageraba, no se quedaba corto de palabras para narrar con exactitud lo que sus ojos estaban viendo. Amaba el béisbol y respetaba a todos sus protagonistas: jugadores, técnicos, umpires, personal de terreno y de la cabina, sus compañeros, y la inmensa audiencia que confiaba en que el juego transcurría tal como lo narraba Felo. Era divertida la elegancia con la que solía quejarse de algunas decisiones de los árbitros, si el pitcheo estaba ahí en la esquinita, esas pelotas que pueden ser cualquier cosa y la sentencia demoraba, exclamaba “¡Canta Caruso!” y si el ponche no le parecía, era suficiente escucharlo decir que lo había ponchado el umpire, para saber que el envío había sido una bola. Desde temprano aprendió a leer el juego, para encontrar las claves que le permitían estar unos segundos adelante, la ubicación de los jardineros, movimientos de los árbitros, reacciones del público cuando aún no está tan claro para todos si la pelota sale de HR o es foul. En el beisbol, no basta con seguir a la pelota para ver toda la acción. Fueron 72 años narrando, desde que comenzó como anunciador en su amada Bayamo, en Cuba. Perteneció a la legendaria “Cabalgata deportiva Gillette”, junto a Musiú Lacavalerie y Buck Canel. Hablar con él de aquellos años era una delicia, porque nada disfrutaba tanto Felo como hablar de béisbol, de evocar momentos que le tocó describir. Su favorito, sin duda, el hit tres mil de Roberto Clemente. También le tocaron hazañas como el HR 715 de Hank Aaron, el Juego Perfecto de Don Larsen, cantidad de juegos sin hits y otro montón de batazos importantes, como uno que recordaba especialmente un doble que Luis Aparicio le conectó a Sandy Koufax en la Serie Mundial de 1966, en la que se enfrentaron Dodgers y Orioles. La trayectoria de Felo le hizo inmortal, distinguido con el Premio Ford Frick, que es el máximo honor para un narrador y que lo instala en Salón de la Fama de Cooperstown. Era inmenso Felo, pero era todavía más grande cuando iba caminando por cualquier estadio del Caribe y tenía sonrisas para todos, un momento para una foto, para firmar una pelota, un ticket del juego o lo que el fanático quisiera. Recuerdo que el día que le conocí, era yo la voz en el Universitario de los Leones del Caracas y mi amigo Iván González me lo llevó a la cabina; jugaban los eternos rivales y cuando pude anuncié a todos que Felo Ramírez, “Lo mejor del Caribe”, estaba en el estadio. De inmediato vino la ovación de todo el parque, ya Felo no pertenecía solo a la Nave. Desde que comenzaron los Marlins, se convirtió en narrador del circuito en español, así que toda la historia del equipo de Miami fue narrada por Felo, hasta abril, cuando tuvo un accidente descendiendo del autobús del equipo en Filadelfia. Hizo duplas sensacionales en todos sus años frente al micrófono y su último compañero fue Yiky Quintana, con quien compartía una narración especialmente grata, emocionante, divertida, educativa, con interacciones con la audiencia y siempre con amabilidad. Le tocó duro a Yiky narrando el doble juego el martes, estaba solo porque Raúl Striker no pudo llegar. Narró con el pesar y la tristeza de saber que Felo se había ido, cuando existía la ilusión de tenerlo de nuevo porque daba muestras de mejoría, pero retrocedió y de alguna manera nos agarró a todos fuera de base. La muerte siempre sorprende. Yiky narró desde el último estadio donde estuvo Felo. Se hizo un minuto de silencio y los Marlins colgaron un jersey con el número 94, como su edad, y su nombre: Felo. Stanton se fue a las gradas y más lejos la llevó Suzuki. Ozuna también la voló y peces ganaron los dos. Le gustaba hablar de Roberto Clemente, recordaba que el “Cometa de Carolina” lo había invitado aquel 31 de diciembre a llevar ayuda a Nicaragua, pero se excusó para quedarse con su Fela adorada recibiendo el año nuevo y por eso no lo acompañó. Se habrían ido dos grandes, pero Felo tenía muchos innings por narrar y litros de café del Versalles. Increíble la cantidad de fotos que los fanáticos subieron a sus redes el martes. Decenas, centenares de fotos con él, porque nunca decía que no, consciente del cariño que se había ganado. Está en álbumes y galerías virtuales, su muñequito Bobble Head está en repisas junto a retratos de familias. Cada quien se quedó para siempre con una jugada narrada por él o un gran batazo. Los niños que aún son niños y siguen a los Marlins, lo recordarán siempre como el abuelito que narraba los jonrones de Stanton o el hit tres mil de Ichiro. Mis amigos lo recordarán y volverán a ser niños y Don Baylor o Mitchel Paige otra vez volarán la cerca. ¡Te vamos a extrañar Felo, pero los tipos como tú no se van, por algo los llaman “inmortales”!

José Altuve, heredero de todos; por Mari Montes 4 de noviembre, 2017

No sé si José Altuve escuchó hablar de Pompeyo Davalillo, un hombre de beisbol, legendario por su filosofía del juego, por sus decisiones inesperadas que pasaron a las crónicas como “pompeyadas”, para definir esas jugadas que sorprenden, caribes y ejecutadas con picardía. Pompeyo se las ingeniaba para ganar, desde siempre, desde que decidió convertirse en jugador profesional a pesar de su tamaño, poco mas de 1,60 y llegó a las Grandes Ligas en 1953, con Washington, cuando solo eran 16 equipos. Pompeyo no creía en imposibles y era capaz de hacer lo impensable. La única base que robó en los 20 cotejos en los cuales vio acción, fue el home, el 6 de agosto de 1953, contra Billy Wrigth y con Joe Tipton en la receptoría. Ese juego se lo ganaron los Senadores a los Indios de Cleveland y perdió Bob Feller. Dice el Box Score, que “Yo-Yo” Davalillo fue el segundo bate. Se fue de 3-2, con 2 anotadas y participó en una jugada de doble play. Jugó el short stop en la época en que Phil Rizutto lo hacía para los Yankees y Alfonso Carrasquel para los Medias Blancas, no cualquiera jugaba en las Mayores, no es así ahora y no lo era entonces con casi la mitad de los equipos. Fue un Grande Liga, aunque sólo estuviera un año. Pompeyo no vio jugar a José Altuve, pero me atrevo a decir que le habría recordado a sí mismo, por el tamaño y por la ganas de conquistar el home, cualquier home. Hoy José Altuve es el pelotero más sensacional del beisbol, es el diamante más valioso de todos los diamantes, y aunque lo sabe, porque el beisbol traduce casi todo en números, es genuinamente humilde, no es una pose. Aun se sorprende cuando las estadísticas le demuestran que lleva un ritmo mejor que el de Pete Rose en la cuenta de los hits. Sonríe y agradece el dato, pero nada quebranta su sencillez. Juega y se divierte, es bueno y trabaja duro. Le da con una mandarria a una rueda de tractor y practica montones de veces sus tiros a las bases, corre y vuelve a entrenar y así se ha hecho su “suerte”. No ha dejado de ser el muchachito que se iba a la parte de atrás del graderío del José Pérez Colmenares de Maracay, a buscar pelotas que se fueron de jonrón, para tener con qué jugar al día siguiente la partida. Disfruta el recuerdo cuando evoca aquellos días en su amada Maracay, cuando jugaba beisbol y más beisbol para divertirse y compartir con su papá: su primer gran entrenador. Ya han contado sus compañeros y coaches que era un fuera de serie con el bate, que esa chispa que hoy alumbra todos los terrenos comenzó a deslumbrar en la bella “Ciudad Jardín”, donde se convirtió en jugador profesional a fuerza de batazos que fueron posibles gracias a su dedicación. Tenía que destacar, quería llegar y sabía que su tamaño podía ser un obstáculo, pero él tenía algo más importante que estatura, y es que, como dice uno de los capítulos del libro de beisbol que nadie ha escrito: “Todo el que batea, juega”. Además era su actitud. Él es ese tipo de bateador que conecta la bola al cuadro y sale corriendo a primera como si fuese posible ser más rápido que la pelota, y a veces, lo consigue y llega quieto, o el infielder se enreda tratando de ponerle más, porque Altuve le pone más, y esa puede ser la diferencia entre ponerlo out o que se embase, y Altuve embasado es como aquella frase de Casey Stangel sobre Luis Aparicio: “Denle base por bolas a Luis Aparicio y de inmediato la convertirá en doble”. Ellos tienen en común el tamaño, en estatura, voluntad y calidad. En el beisbol no hace falta altura si se está a la altura. Pablo Torrealba y Wolfgang Ramos lo detectaron temprano y se empeñaron en que Alfredo Pedrique se decidiera a firmarlo para los Astros. “¡Ese enano va a batear!” Y como en otras historias de estrellas como Bob Abreu, Richard Hidalgo, Melvin Mora o Johan Santana (por citar algunos), el sabio Andrés Reiner fue una valiosa opinión que terminó por convencer a Pedrique. Donde quiera que esté, don Andrés debe estar aplaudiéndolo. “Le dimos 15 mil dólares de bono, pero él nos decía que no le importaba el dinero, que lo que quería era que le dieran la oportunidad”, recuerda Alfredo Pedrique horas antes del séptimo juego de la Serie Mundial, “me ha alegrado mucho verlo, lo he disfrutado como si fuese mi hijo”. Remata emocionado. El hoy mánager del equipo triple A de los Yankees es de esos estrategas que usan las estadísticas para apoyarse, pero siempre valorando los intangibles, lo que los números no son capaces de decir, las cualidades que no refleja la sabermetría. José Altuve estaba en doble A cuando fue invitado al Juego de las Estrellas del Futuro. Al año siguiente fue al Juego de las Estrellas de las Grandes Ligas, se ganó ese derecho y al cabo de cinco temporadas ha dejado claro que nada fue casualidad. Por tercera vez líder bate, cuarta campaña con 200 hits, otro Juego de Estrellas, Premio Hank Aaron, de nuevo Premio Luis Aparicio, Jugador del año, probablemente Jugador Más Valioso, protagonista de publicaciones, estrella de comerciales, invitado de Jimmy Fallon y el más amado por los niños desde los tiempos de Ozzie Smith y Kirby Puckett, según dijo el periodista Bob Costas hace unos días al New York Times. José Altuve ha roto paradigmas, los cazadores de talento lo van a pensar mejor antes de rechazar a un muchacho por su tamaño. Es tan especial y único, que es heredero de Pompeyo Davalillo, Luis Aparicio Montiel y Omar Vizquel, pero también de César Tovar, Jesús Marcano Trillo y Andrés Galarraga. Imagino un campo de tierra, en alguna parte de Venezuela o de Texas, al momento de elegir los jugadores de cada equipo, a unos niños midiéndose para ver quién es el mas bajito, todos quieren ser José Altuve.